Graves: El largo adiós
"Los franceses tienen una frase para eso.
Los muy cabrones tienen
una frase para todo y siempre aciertan.
Decir adiós es morir un poco".
Los muy cabrones tienen
una frase para todo y siempre aciertan.
Decir adiós es morir un poco".
-Raymond Chandler-
El siglo XX cambió la forma de ver la guerra. Anteriormente, en las novelas se ensalzaba la gallardía de los combatientes, el patriotismo de los soldados que vertían su sangre en los frentes por su país, la inteligencia de los grandes estrategas, etc. Este entusiasmo casi romántico fue contagiado a toda una generación, no sólo en los países que integraban la Triple Entente y sus aliados, sino también los que formaban parte de la Triple Alianza, como el propio Erich María Remarque narrara en Sin novedad en el frente.
Europa había tenido un crecimiento exponencial tanto económica como tecnológicamente hablando. Los progresos sociales también eran palpables. El movimiento cartista en Inglaterra, junto con los postulados de Robert Owen, preconizaron los grandes avances en materia de derechos para los trabajadores. En Prusia, Otto von Bismarck expedía la primera ley de seguridad social. Estas mejoras en las condiciones laborales abrieron la industria hacia otros campos. La ironía fue que en aquella época de progreso también se fraguó la destrucción de todo un continente. Los gobiernos comenzaron a construir armamento. La apertura del mercado internacional rayó en intenciones imperialistas. Pronto se establecieron bandos y se formaron alianzas conforme la tensión crecía. Esto hasta que en 1914, se tuvo el pretexto perfecto para dirimir con las armas las diferencias que se venían gestando. Ambos bandos confiaban en ganar la guerra de forma rápida. Por ello, conforme el conflicto se iba alargando, la visión romántica que se tenía de la guerra se iba desmoronando. En años posteriores surgieron escritos denunciando las atrocidades que se vivían en los frentes. En este contexto se desarrolla: Adiós a todo eso.
Graves, que venía de una familia acomodada sin llegar a la opulencia, pasó los primeros años de su infancia entre libros. Había planeado seguirlo así, pero como suele suceder, el destino es mejor novelista que el hombre. Dejando inconclusos sus estudios, va a pelear al frente. La guerra orilló a que se dejase de amamantar a toda una generación. Muchos aún en proceso de madurez, fueron a encontrar su muerte atacando a un enemigo con el cual tenían más en común que verdaderas divergencias:
"Antes de iniciarse un combate, los soldados del pelotón reúnen todo el dinero de que disponen y luego los supervivientes lo reparten entre ellos. Los muertos no pueden quejarse, los heridos hubieran dado más que eso por poder escapar de todo aquello, y los no heridos consideran el dinero como un premio de consolación por seguir allí".
Porque para la juventud, la guerra era un juego, una apuesta donde se iba a todo por el todo.
Karl Kraus había advertido que la prensa del siglo XX era tan inescrupulosa, que llegado el momento, incentivaría una guerra para obtener dividendos. Pero la propaganda fue más allá. Muchos jóvenes eran seducidos por un discurso nacionalista, eran llevados a morir por una causa que creían conocer, pero que permanecía oculta incluso para los altos mandos:
"Ya no veíamos la guerra como un conflicto entre potencias comerciales rivales: su continuación nos parecía solo el sacrificio de una joven generación de idealistas en aras de la estupidez y el miedo egoísta de los mayores".
Lo primero que se perdió en las trincheras fue el ánimo de una victoria rápida. Es cierto que en comparación a otras guerras, la duración de esta en particular es casi irrisoria. Pero no fue tanto el tiempo como la sensación de estar en punto muerto lo que mató el espíritu de los combatientes:
"Cualquier recién llegado que hablaba de patriotismo recibía pronto la orden de callar [...] Las calumnias periodísticas sobre la cobardía e ineficacia de los fritz creaba resentimientos entre nuestros soldados atrincherados, que conocían la realidad por propia experiencia".
Graves, quizá resignado a morir, decide escribir un diario. Pero lejos de ser un diario escapista, con temas distantes al ambiente que lo rodeaba, termina describiendo el horror del que quiere escapar:
"-¡Adelante!
Nadie se movió. Gritó entonces:
-Malditos cobardes ¿me vais a dejar morir solo?
El sargento del pelotón con un hombro roto murmuró:
-Nada de cobardes, señor. Todo lo contrario: están endemoniadamente muertos."
Escribe que para muchos sobrevivir a la guerra no fue ninguna diferencia; el mundo que conocían ya no existía, sus vidas estaban destruidas por secuelas permanentes. Pero quizá el legado más deleznable de la Primera Guerra Mundial, fue ser el prolegómeno a la siguiente y más cruenta guerra en la historia de la humanidad.
"Las fortunas amasadas durante la guerra se consolidaron después del Tratado de Versalles, cuando los campesinos de las zonas afectadas por los combates obtuvieron fabulosas indemnizaciones por bienes que jamás habían poseído".
Para Graves, no había nada que lo retuviera a su país de origen. Joseph Roth refirió que la verdadera patria no es donde uno nace, sino donde uno tiene a sus muertos. Quizá esa experiencia cercana a la muerte explica el por qué Graves renegara de su país y lo acercara a otras patrias. Esto marcaría gran parte de su obra. Suele rememorar la grandeza del Imperio Romano, la erudición de la antigua Grecia, la herencia del pueblo hebreo, pero apenas y se hayan atisbos de su país en los libros que escribió. Graves, parece ser, decidió exiliarse no solo de su país, sino también de su época.
"... yo me marché al extranjero, decidido a no volver más a vivir en Inglaterra; lo que explica el "Adiós a todo eso" del título".
En resumen, Graves aplicó el concepto de Henry Miller: para olvidar la guerra la convirtió en literatura.

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