Koestler: El prisionero de guerra




Escrito por: Tristissimus Hominum



"El infinito no me aterroriza;
me disgusta y me ofende.
Para sufrir la humillación
de mi pequeñez bastaba la tierra."

-Giovanni Papini-



George Orwell dijo alguna vez que el gran pecado de los pensadores de izquierda de 1933 en adelante, fue que eran antifascistas sin llegar a ser anti-totalitarios. Esto afirma que si bien Koestler lo sabía, no se atrevió a decirlo. O al menos así fue hasta 1941, año en que se  publica El cero y el infinito.

La revolución rusa pretendía materializar los ideales del marxismo y el leninismo. Es decir, llevar acabo la dictadura del proletariado. En la práctica tuvieron los mismos problemas que se advertían en la teoría: dicho ideal tenía que ser realizado en los países más industrializados. En 1905, año en que el mundo escuchó los incipientes fragores de un pueblo ruso descontento, la madre patria mantenía un atraso casi feudal. Doce años después, el sistema zarista se derrumbaría por completo. Lejos de terminar con la guerra, la muerte del zar y de su familia era el inicio de una serie de atrocidades que se prolongarían hasta que una de las dos facciones -el ejército rojo- se hiciese con el poder. Incluso después de esto, no se podría afirmar que la tempestad escampó.

Mientras que en Rusia se trataba de levantar a un país en ruinas por la guerra civil y las hambrunas, en el resto de Europa comenzaron a surgir ideologías radicales contrarias a la ideología soviética. Pese a que el choque parecía inminente, quizá para ganar tiempo, la Alemania nazi y la URSS firman un pacto de no agresión. Ambas potencias sabían la fragilidad de este pacto, por lo cual no solo se cuidaban de las amenazas externas, sino que implementaron mecanismos de vigilancia interna. Muchas veces, dichos mecanismos fueron "eficientes" hasta rayar en la crueldad. En este contexto se desarrolla El cero y el infinito.

Rubachof, miembro del partido y viejo revolucionario, es arrestado. Su encierro, no es otro más que el del propio autor. Koestler, que luchó en la guerra civil española, tiempo después, durante la ocupación alemana en Francia, estuvo encarcelado. Puede que la desesperación de Rubachof sea la que él mismo experimentó. El argumento central es cuestionar al movimiento revolucionario que inició con la consigna de derrocar el autoritarismo del zarismo y que pronto implantó  un régimen no menos cruel:

"Un matemático ha dicho una vez que el álgebra es la ciencia de los perezosos; nunca se busca lo que representa x, pero se opera con lo desconocido como si se supiera su valor. En nuestro caso x representa las masas anónimas, el pueblo. Hacer política es x sin preocuparse de su naturaleza real. Hacer historia es conocer justo el valor de x en la ecuación".

Porque cuando la revolución rusa triunfó, lejos de convertirse en la dictadura del proletariado se convirtió en la dictadura de la burocracia. En palabras de Guy Debord:

"La apropiación del monopolio estático de la representación y defensa del poder de los obreros, que justificó al partido bolchevique, le hizo llegar a ser lo que ya era: el partido de los propietarios del proletariado".

Orwell, años después, cuando publicó "1984" se uniría a los reclamos de Koestler diciendo:
"No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura".


A esto se refiere Koestler con su personaje. Un prisionero que peleó bajo la bandera del ejército rojo y que ahora es acusado de traición. Representando así, el desencanto, la caída de un ídolo y el desengaño de toda una generación. 

Pero Koestler transmite su mensaje con más recursos que la literalidad. Utiliza metáforas, acaso irónicas por las referencias que implican. Lector asiduo de Dostoyevski, utiliza la trama de Crimen y castigo para cuestionar la justificación de una revolución en Rusia:

"Si recuerdo bien, el problema es saber si el estudiante Raskolnikof tiene el derecho de matar a la vieja usurera. Él es joven y bien dotado; ella, vieja y absolutamente inútil en el mundo. Pero la ecuación se desquicia. Primero las circunstancias le obligan a asesinar a otra persona; tal vez es la consecuencia imprevisible e ilógica de un acto tan simple y lógico en apariencia. En segundo lugar, la ecuación no funciona, porque Raskolnikof se da cuenta de que dos y dos no son cuatro cuando las unidades matemáticas son seres humanos".

Es quizás la crítica más dura hacia la revolución rusa, la idea de que tal vez se cometieron incluso peores atrocidades que en 370 años de zarismo. Es por eso que Rubachof y otros revolucionarios confiesan crímenes que no cometieron. Creen que sacrificándose ellos salvan a la causa. Los traidores, sin saberlo, se vuelven mártires. O mejor dicho, chivos expiatorios.

Vargas Llosa en el prólogo a El cero y el infinito resalta la importancia de la obra, admitiendo que su crudeza ha sido rebasada por escritos tales como Archipiélago gulag. Es muy probable que Koestler haya sido un pionero en criticar un movimiento que en la teoría era inatacable, pero que en la práctica era insostenible. En pocas palabras, Koestler fue un revolucionario en advertir los peligros de la  misma revolución.

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