Cela: el tremendismo

Escrito por: Tristissimus Hominum
"El mal que no he hecho, ¡cuánto mal ha hecho!".
-Antonio Porchia-
El siglo XX fue el gran cisma en la literatura. Esto no solo por las corrientes vanguardistas, la exploración de nuevos recursos literarios, o la propia globalización que permitió el intercambio de nuevas ideas entre una región y otra. El siglo pasado ha sido el artífice de una pregunta fundamental que hasta entonces se daba por sabida: ¿es la literatura solo ficción? Si tuviésemos que responder a esa pregunta en el siglo XIX, lo más probable es que la respuesta sea sí. Es cierto que muchos de los escritores -véase Dickens, Dostoyevski o Víctor Hugo- recogían testimonios de su entorno para plasmarlo en un texto, que existían corrientes como el naturalismo que interpretaban hechos de la vida cotidiana y lo vertían en lo literario. Pero incluso con estos ejemplos, pocos eran los que acudían a la literatura como una fuente de información. Era más un pasatiempo.
La tecnología trajo aparejada una mayor difusión del arte. Ya no eran unos pocos los que podían hacerse de una biblioteca. Incluso, en pleno siglo XIX, las grandes novelas eran vendidas literalmente por entregas en los puestos de periódicos. La literatura empezaba ha transformarse en un medio masivo; un agente de cambio.
Dos guerras como no había visto la humanidad cambiaron la forma de ver al mundo. Las visiones en las que Julio Verne auguraba un futuro casi utópico para la humanidad fueron reemplazadas por relatos menos optimistas. No fue coincidencia que el siglo de las dos grandes guerras fuera también el auge de la literatura distópica.
España, si bien ajena a la Segunda Guerra Mundial, no gozó ni mucho menos de paz. En 1936 comenzaría el gran éxodo de escritores españoles. Miles de refugiados huyeron de la guerra, otros, que si bien eran extranjeros, como Auden o el propio Orwell fueron a pelear por la causa republicana. Ambos bandos tenían apoyo de los dos grandes bloques que años más tarde se enfrentarían en la Segunda Guerra Mundial, por un lado el bloque fascista y por otro el bloque socialista.
Finalmente la balanza de decantó por el bando nacionalista. Las fuerzas de Franco impusieron una dictadura. Tristemente celebre es la muerte del autor Federico García Lorca en esta época funesta. Dada la represión y constante vigilancia por las fuerzas del poder, la única forma de denunciar al tirano era por medios más sutiles. Empiezan a surgir relatos en la literatura española denunciando al régimen franquista. Surgen movimientos como el tremendismo, que reflejan una época llena de violencia, donde las voces de toda una generación han sido suprimidas por el ruido de fondo de las armas franquistas. En este contexto se desarrolla La familia de Pascual Duarte:
"Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo".
Cuando por fin se rompían los paradigmas de la criminología que postulaban que la delincuencia era producto de una predestinación casi patronímica del sujeto, surgieron nuevas corrientes. La criminología interaccionista decía que el criminal era producto del trato que tuvo en su núcleo familiar, y posteriormente, dentro de su comunidad. Merton aseguraba que el delito es una reacción de inconformidad del individuo frente a la presión latente de su estructura social. La carta de presentación de Pascual Duarte es esa: rebajar al hombre a una categoría tan acotada como "bueno" o "malo" carece de sentido; siendo más sartreano, el hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
"Hay cosas que no a todos interesan, cosas que son para llevarlas a cuestas uno solo, como una cruz de martirio, y callárselas a los demás".
Pascual Duarte se nos muestra como un tipo taciturno, callado, que sin embargo declina el papel de mártir. Ese silencio y abnegación que lo acompañaron desde sus primeros años se rompe: aquel que fuese ignorado durante toda su vida hoy está ante los reflectores. Debe de hablar, aunque al hacerlo se confiese asesino.
Su relato está lleno de crudeza que lejos de hacerlo parecer un criminal, desvelan la indiferencia de una sociedad muerta. Pascual Duarte más que victimario fue víctima de las circunstancias:
"Si mi condición de hombre me hubiera permitido perdonar, hubiera perdonado, pero el mundo es como es y el querer avanzar contra corriente no es sino vano intento".
El rencor que guarda Pascual Duarte es compartido. Todos se reprochan haberse dejado solos. Marvin Harris ha dicho que las guerras civiles suelen tener relativamente menor duración en comparación a los pleitos con enemigos externos. Esto se debe, arguye, a un sentimiento de pertenencia; la culpa de saberse asesino de sus semejantes, de miembros de su tribu. Este sentimiento germinó en la sociedad de la post-guerra. De alguna forma todos eran huérfanos. La madre patria había muerto:
"El recuerdo de aquella alcoba me acompañó a lo largo de toda mi vida como un amigo fiel."
Pascual Duarte busca un nuevo inicio alejándose del ambiente tan enfermizo que lo crió. Esto, lamentablemente, en nada cambió su condición humana. Cela parece que predestina a su personaje a sucumbir; cada una de sus acciones se nos muestran ya no por obra de su voluntad, sino por producto de la inercia. Pascual Duarte, como el personaje de Papini, no está cansado de ser, sino de ser quien es.
"El otoño se ocupaba de matar y el invierno de barrer".
El otoño podría ser la mejor imagen de lo que es el libro. El autor nos muestra qué tan difícil es renunciar a nuestro pasado. Pascual Duarte se vio desde pequeño como un potencial criminal. Y no pudo evitarlo. Es como si antes de nacer alguien ya hubiese elegido por él. En su lugar, la venganza no se ve como producto de la maldad, sino de la reciprocidad. Nada hizo por una sociedad que nada hizo por él.
En resumen, Cela parece poner en las acciones de su personaje las palabras de Amado Nervo: "¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!".
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