Hamsun: un artista del hambre




Escrito por: Tristissimus Hominum



"¿Sigues ayunando? -preguntó el guarda-,
¿pero cuando vas a dejarlo?".


-Franz Kafka-


Hamsun es un caso especial. No solo porque fuese, en opinión de Thomas Mann, el premio Nobel más merecido entregado hasta entonces, teniendo en cuenta que en 1920, año en que fue laureado con dicho premio, autores como Rudyard Kipling, Rabindranath Tagore, o incluso la propia Selma Lagerlöf ya habían sido galardonados.  Mann no decía esto como hipérbole. Se considera que Hamsun introdujo el recurso literario del monólogo interior, mismo que autores como Joyce, Faulkner o Woolf utilizarían después. 

Pero no es esto lo que hace especial el caso de Hamsun. Las primeras líneas de este artículo no son un recurso retórico para dar inicio a una reseña. Hamsun es una excepción a la dinámica de la página; omitiremos hablar del contexto histórico, ya que en este caso algunos datos autobiográficos pondrán mejor en relieve el porqué de lo que Hamsun escribió. Y es que Hambre prescinde del contexto, es como si el autor se hubiera olvidado de la realidad social que lo rodeaba para centrarse en un solo individuo. Pero esto no es en manera alguna indiferencia del autor. Esta selectividad, lejos de descalificar a la obra, la enaltece: ese individuo está diciendo lo que todos querían decir y no podían.

Aún hallamos en Hamsun vestigios del romanticismo del siglo XIX; y es que por momentos Noruega, en letras del autor, podría recordar al Londres de Dickens o al París de Victor Hugo. Pero en Hambre es incluso más brutal, ya que los pasajes de mendicidad que ahí se narran son los que el propio autor vivió. La figura del vagabundo es un tópico en la obra de Hamsun acaso porque él mismo haya sido uno:

 

"Y ahora me había rebajado hasta el punto de pedir limosna".


Podríamos acertar a decir que el protagonista de Hambre es el alter ego de Hamsun, esto dentro de los límites de la conjetura, ya que en ningún momento la obra nos menciona el nombre del personaje. Es como si el autor se negara a ser. O podría ir más allá. Al no referirse a una persona en particular, pudiese estar aludiendo a todas, el mendigo pudiera ser cualquiera. Lo que sí sabemos del protagonista es que se dedica a escribir artículos para un periódico local. Pero desde el inicio el autor se encuentra en grandes apuros económicos. Dostoyevski decía que en la pobreza se conserva la dignidad que no existe en la miseria. Así pues, nuestro protagonista desciende a los niveles más bajos de la miseria:

"Me había dormido echado en el banco y era el agente quien me despertaba. Me devolvían implacablemente a la vida y a la miseria".


Paul Auster decía de los escritores que eran seres heridos, de ahí su necesidad de crear otras realidades. Este es el caso de Hambre. Empecinado en terminar un nuevo texto para ganar algo de tiempo, pagar el alquiler y comer algo, el protagonista lucha contra una de las necesidades primarias en las que incluso el placebo de la escritura es completamente inútil. Pronto se verá obligado a errar, a esperar una musa que se distrae por la falta de alimentos. Poco a poco se ve obligado a renunciar a todas sus posesiones. La pregunta obligada es ¿hasta que punto la dignidad en una posesión?


"No sentía ningún dolor; el hambre me había embotado la sensibilidad; por el contrario, me sentía deliciosamente vacío, sin ningún contacto con lo que me rodeaba..."


El autor niega a la inspiración. Ninguna musa le susurra a nuestro protagonista las palabras indicadas para terminar el artículo. Es el hambre quien lo hace. La necesidad lo forza a escribir el que quizá, y él lo reconoce, sea uno de sus mejores textos. Gana un poco de tiempo, pero sabe que esa tregua con la miseria es momentánea. De los pasajes más duros de la novela, es cuando el personaje principal, debido a los largos periodos de hambruna involuntaria, se ha vuelto sensible a los alimentos; la comida, que es lo que necesita para vivir, le da asco. Quizá es simbólico y esas náuseas que siente no se deben a la comida, sino al hecho de estar vivo:


"Habría sido distinto si la hubiera conocido cuando aún tenía aspecto de ser humano."


Hamsun decide distender el ambiente en que se desarrolla la obra. Incluye un romance efímero como suelen ser los romances literarios. Pero no lo hace para provocar una lágrima fácil. Es quizá la lección más dura para el protagonista: necedades como el amor son secundarias ante algo tan perentorio como lo es encontrar medios de subsistencia. 


"¡En qué triste estado me hallaba, Dios mío! Tan profundamente hastiado y fatigado me sentía de toda mi vida miserable, que, a juicio mío, no valía la pena luchar más para conservarla".


Orillado a extrañar varias cosas, lo que más echa de menos es a su yo del pasado. Ahora incluso se ha quedado sin papel para escribir. Desgarradora la escena en la que el protagonista, para engañar el hambre, se mete el dedo a la boca, imaginando que es alimento, pasando saliva para llenarse el estómago. Incluso en estos niveles de miseria, el autor recalca el valor intrínseco de la vida, la dignidad inherente del ser humano. El final se presta a varias lecturas. Podría ser una reconciliación con la vida, por triste que esta sea. O tal vez, una renuncia a la misma. 


En resumen, Hamsun nos hace ver que el instinto de supervivencia es el peor enemigo del hombre.


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