Odio los domingos

Escrito por: Pedro Cano
Se dice que Dios trabajó seis días y decidió descansar el séptimo. El séptimo día en el flujo de la Eternidad, Dios decidió echarse en un sillón fuera del tiempo para hacer nada. Para dejar el mundo sin realidad, sin posibilidades, como congelado, lleno de muerte y al hostigamiento de los demonios. En suma: Dios se avienta al sillón con la intención de no-saber.
Para mí sí se siente así. El domingo se me hace un día pachorrón, aburrido, en el que no hay nada
qué hacer porque no me dan ganas. Las ganas se me van porque me siento vacío, abandonado, cansado,
débil, adolorido, nostálgico, melancólico, triste y destrozado. Es como estar muerto en vida: estar ahí en
el mundo padeciendo todo esto, pero sabiendo que estoy a la deriva.
Son días en que siento que ir a la iglesia es inútil: una maroma que nos hacemos a nosotros
mismos como negación de que Dios está-sin-estar. Y, más aún, pienso que estamos tan en conexión con
Él, que intentamos emularlo, pero de una manera incompleta: sí, es el séptimo día de la semana y
también lo usamos para descansar, pero, a diferencia de Dios, que está en su infinitud y no-mortalidad,
nosotros seguimos aquí, padeciendo el mundo, recibiendo malas noticias, viendo cómo para nosotros el
tiempo sí pasa y se nos va mientras intentamos aprovechar los momentos de ocio que se nos negarán a la
mañana siguiente que regresemos a la rutina para seguir “vivos”. Pareciera que el domingo es la
negación de que somos finitos y de que nos estamos muriendo a cada segundo: al emular el ocio divino,
queremos convencernos de que cómo él, podemos no hacer nada y permanecer sin-ser, pero no, nosotros
sí seguimos siendo mientras nos morimos.
¿Qué por qué más odio a los domingos? Era domingo cuando fui probado como “el borde de una
bandera maltratada junto al mar”, porque alguien me comunicó que mi hermano ya estaba muy grave de
salud. La mirada de esa persona al decírmelo tenía en sí una fuerte carga de “ya no la va a librar, Pedro”.
Era domingo el día anterior a que me la pasará llorando durante 2 años, casi a diario, porque la persona
que más amaba se fue para siempre. Era domingo el último día en que viviría sin el golpe que derrumbó
el muro que por años tuvo a mis emociones protegidas incluso de mí mismo. Después, sólo se trató de
sentir TO-DO.
También era domingo el día en que decidí decirte esas tres palabras que me estaban
demostrando, con lujo de detalle, que volvería a hacer eso que dije durante mucho tiempo que no
volvería a hacer, pero también fueron las palabras que (en mi cabeza) te detonaron el mal del S. XXI y
de la pandemia (en la que no he podido verte frente a frente, pero aún así te quiero mucho).
Hoy también es domingo, hoy me siento enfermo, débil y sin ganas. Con todo lo demás que ya
dije. Y te digo: maldito domingo, puto, pendejo, puñetero, (léelo en Argentino PE-LO-TU-DX) domingo
hijo de la re-gran puta ¡Te odio! ¡Vete a la verga! ¡A la concha de tu madre! ¡VETE A TOMAR POR
CULO! Y también te pregunto, maldito desgraciado ¿por qué no te mueres? ¿por qué no despareces del
tiempo para que saltemos del Sábado al Lunes como si nada? ¿Por qué no puedo dormir todo el tiempo
en que estás aquí para no sentirte? ¡Te odio, te odio, te odio! ¡Ojalá no existieras! U ojalá en algún punto
de la eternidad, Dios haya decretado, en uno de sus días de labor, que dejes de ser tan mierda.
Comentarios
Publicar un comentario