Sherlock Holmes: el personaje que eclipsó a su creador.
Sherlock Holmes es un personaje que no necesita presentación. Seguramente todos hemos visto en el cine o la televisión alguna adaptación o parodia del detective consejero consultivo más famoso de Londres: desde las adaptaciones en dibujos animados hasta las más recientes y elaboradas producciones de la BBC.
Sin embargo, a diferencia de Holmes, Arthur Conan Doyle es un autor del que muy poco o casi nada se sabe, y que sí requiere presentación. Tal vez a Conan Doyle le ocurrió como a otros tantos autores que desaparecen o son eclipsados por la magnanimidad de sus obras y/o personajes.
Sir Arthur nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo, Escocia, lugar en el que fue pionero como piloto de carreras, practicaba cricket, box y en el que también se graduó de medicina. No obstante, los primeros años de su ejercicio profesional como médico no fueron los más prósperos ni los más exitosos.
De modo que fue en marzo de 1886, en medio del desolador escenario que suponía su consultorio desierto ubicado en Portsmouth, donde Conan Doyle empezó la redacción de la primera novela protagonizada por Sherlock Holmes: Estudio en escarlata.
Por su parte y de acuerdo con el llamado Canon holmesiano, compuesto por las cuatro novelas y los cincuenta y seis relatos cortos, Sherlock Holmes nació el 6 de enero de 1854. Quizá el hecho de que en dicha cronología su edad y la de su autor sean tan cercanas, orilló a más de uno a conjeturar que el Dr. Watson no era sino un pseudónimo bajo el cual, Arthur Conan Doyle pretendía disimular inútilmente sus relaciones con el verdadero Sherlock Holmes.
Acaso sin darse cuenta, sin pretenderlo o siquiera imaginarlo con esa primera novela, Conan Doyle iniciaba la consumación del sueño de muchos escritores: crear un personaje que se escapara de las páginas de los libros y se consagrara indeleble en la memoria de los lectores y, que inclusive, nos volviera confusos los límites que separan la realidad de la ficción. Esta última consideración encuentra fundamento en la excéntrica, pero brillante personalidad que el autor inventó para su famoso detective y de la cual hace una gala inigualable en cada uno de los casos narrados por el incondicional Watson.
A título personal, puedo decir que como lector de los relatos escritos por Doyle, uno se siente tentado a suponer –con numerosos y razonables argumentos- que Sherlock Holmes fue más que un mero personaje de ficción; que su personalidad tan autosuficiente, estoica, sensata, racional, con un halo de filosofía en sus observaciones, de un amplio dominio en el terreno de la química y de la mecánica criminal, así como de sus notables facultades físicas para el boxeo, la esgrima y el violín, no puede ser ficticia.
Sin duda, un elemento que abona de forma sui géneris en la suposición de un personaje como Holmes más allá de las páginas que relataban sus andanzas por el Londres victoriano, es el papel desempeñado por su principal antagonista: El Dr. James Moriarty. Profesor emérito de matemáticas, investigador destacado en el campo de la astronomía y el genio criminal que encabezaba un sindicato secreto de criminales que extendía sus tentáculos por todos los rincones de Inglaterra. El napoleón del crimen era como el propio Holmes había bautizado a su antítesis.
Ningún otro relato ilustra de forma tan clara la oposición entre Holmes y Moriarty como lo hace El problema final, texto que culmina la serie de narrativas compendiadas en Las memorias de Sherlock Holmes. En éste, leemos los pormenores de la última confrontación entre ambos personajes: el asalto final de una esgrima de inteligencias, los movimientos conclusivos de una larga partida de ajedrez. Tan sublime como irreal fue el final para ambos en esta historia, que la mayoría de los asiduos lectores de los casos de Holmes en The Strand Magazine se negaron rotundamente a aceptar que aquellas líneas pudieran significar el final de su detective consejero consultivo favorito.
Fueron poco más de tres años los que duraron las peticiones, las cartas de solicitud, las amenazas y protestas contra Arthur Conan Doyle y Strand Magazine para que el nombre de Sherlock Holmes volviera a figurar entre los relatos que el público británico pedía a gritos. Una vehemente exigencia de los lectores por diferentes medios puso la presión suficiente sobre la editorial para que ésta a su vez, motivara la pluma de Conan Doyle de la mano de una muy buena oferta editorial.
Fue así, como la celebración y el júbilo se extendieron entre los seguidores de Holmes, habían logrado su cometido: una resurrección literaria. Los apellidos de Holmes y del Dr. Watson en La aventura de la casa vacía y en El sabueso de los Baskerville aparecerían nuevamente. Relatos que marcaron el inicio de una nueva serie de pesquisas protagonizadas por ambos y que están esperando con las páginas abiertas nuestra curiosidad.
Finalmente, quizá el único error de Arthur Conan Doyle fue dotar de tantas gracias a su creación, pero al mismo tiempo, lograría encumbrarlo en cimas extraordinarias que conservan viva su memoria. A veces, tanto en la vida como en la literatura, la justicia se muestra escurridiza y parece no compensar a quien lo merece, pero no hay creación sin creador, y mientras la figura de Holmes siga vigente, Sir Arthur Conan Doyle seguirá inmortalizado en la memoria de sus lectores.
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