Los sauces: un cuento de Algernon Blakwood y precedente del terror cósmico
Howard Phillips Lovecraft le dedicó algunas notas en el décimo capítulo de su ensayo El horror sobrenatural en la literatura. Pero más allá de las reservas y la censura que el maestro de Providence manifiesta con respecto de la pretendida terminología paranormal empleada por Blackwood en algunas de sus obras y lo contraproducente que esta podría resultar tanto para la gestación del misterio como de las atmósferas ominoso-esotéricas en cada relato, Lovecraft destaca la forma en que 'el arte y la sobriedad' alcanzan su expresión más pura en Los sauces, relato que mantiene las pinceladas justas y necesarias de enigmas para dotar de una verosimilitud sui géneris a lo que bien podría ser una descabellada fantasía...o no. Usted lector, juzgará ello.
El río Danubio nace en la meseta alemana de Baar en la Selva Negra y desemboca en el Mar Negro. El escenario en que se gesta el argumento de esta historia yace entre Viena y Budapest, específicamente cerca de Bratislava, capital de Eslovaquia. En este lugar, el Danubio se adentra en una región desolada, en la que las aguas se expanden incontenibles a falta de un cauce principal, lo cual, hace de aquel territorio un extenso pantano cubierto por incontables sauces enanos. Un pantano que cambia camaleónicamente según las precipitaciones y, a veces, cuando éstas cesan, tan numerosas son las llanuras como los bancos de arena que se erigen por encima del agua y parecen avivarse por el rítmico vaivén de los sauces que albergan sobre sí.
Es aquí donde se adentran los dos protagonistas de la trama y la narración de uno de ellos es el único testimonio que tenemos de los singulares acontecimientos de esa travesía. Luego de un día complicado surcando y salvando las aguas del río, nuestro narrador y su acompañante buscan albergue en alguna de aquellas llanuras provisionales de arena para encallar su canoa con el objetivo de pasar ahí la noche. En este punto de la narración se establece la excelsitud de la atmósfera y la subordinación de los aventureros ante los fascinantes encantos de la misma. Así pues, resulta posible considerar que el juicio del narrador queda subsumido, embelesado y a merced de las postales que se muestran en aquel sitio ajeno de cualquier atisbo de actividad humana.
Quizá, esta pre-comprensión del ambiente es la que los empuja sutilmente a sobre-dimensionar cada ocurrencia que rompe el cuadro de monotonía dinámica que se dibuja entre las cambiantes riberas y el flujo incesante del Danubio, y es que, nada más extraño para romper esa armónica uniformidad que la repentina aparición de una “nutria” a las orillas del promontorio y la no menos inaudita presencia de un hombre a bordo de un pequeño bote flotando entre aquellos desolados parajes, y que devolvía una mirada de estupefacción a los hombres que le contemplaban desde la llanura, al tiempo que se santiguaba y realizaba una pantomima tan inaudible como ininteligible.
A medida que esa primera noche se dibujaba, la contemplación de la inmensa extensión de aguas salvajes, la violenta danza de los sauces enanos al compás de la fuerza del viento va despertando en nuestro narrador una extraña inquietud:
“Ningún escenario corriente podía producir un efecto semejante”.
Y como bien apunta nuestro protagonista:
“Las grandes demostraciones de la naturaleza, desde luego, nunca dejan de impresionarnos (…) Las montañas intimidan, los océanos sobrecogen y el misterio que encierran los grandes bosques siempre ejerce un extraño embrujo en nosotros”.
Precisamente esta subsunción del juicio es la que impide a nuestro cronista conciliar el sueño aquella noche, la que distorsiona su valoración sobre algunos acontecimientos, la que agudiza su percepción al grado de permitirle captar sutiles sonidos ahogados bajo las fuertes ráfagas de viento, la que configuraba formas de animales antediluvianos en el follaje de los sauces, mismos que parecían cerrarse cada vez en torno a su campamento y cuya única prueba de ese silencioso complot era un tenue sonido de pisadas sobre la arena al exterior de la tienda. Es decir, esa disposición anímica bien pudo ser la autora de aquellas peculiares experiencias.
Producto de la sugestión o no, ni el alba del amanecer siguiente fue capaz de erradicar la extrañeza de esa noche. Una cortada en la base de la canoa con la longitud suficiente para poner en entredicho la continuidad del viaje aunada a la desaparición de uno de los remos, eran quizá, el saldo de las anomalías de la madrugada anterior. Las inminentes reparaciones de la canoa y la búsqueda de algún medio para sustituir el remo faltante, terminaron obligando a nuestros viajeros a demorar su estancia un día más en ese promontorio de arena que cada vez perdía más metros de superficie contra el flujo del río.
Una muestra de la genialidad de Blackwood en esta novela radica en esa directa proporcionalidad entre intervalos de tiempo y enigmas, es decir, a mayor cantidad de tiempo, más inescrutables aparecen los acontecimientos. Describir la segunda velada de los protagonistas en ese promontorio solamente como una locura, sería juzgarla con un criterio muy limitado. Asúmase mi reserva a continuar la reseña sin comentar este apartado como una vehemente invitación al lector para compartir las letras de Blackwood y que ello, sea quizá, motivo de otros encuentros en lo venidero.


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