Galicia
Escrito por: Valentín Sergienko
Hace unos meses me di cuenta de que tenía que viajar a Rusia de manera urgente. Entendí que físicamente ya no podía leer los diarios de Tarkovsky y Dostoyevsky estando tan lejos. Tanto en términos de distancia, como en los del tiempo. Aparte, la nostalgia y ganas de ver a mis seres queridos y cercanos crecían diariamente. Era absolutamente necesario llegar a ver y sentir cómo viven hoy en día ciudades tales como Moscú, San Petersburgo y mi ciudad natal, Omsk.
Como siempre, el primer punto de mi viaje a Rusia desde México fue España. Habiendo pasado unos días en la preciosa Madrid, con sus estúpidamente bellos ciudadanos que caminaban por Gran Vía después de un encierro prolongado, llegué a Barcelona. Después de unos días de encuentros con mis amigos y varios asuntos burocráticos, partimos con mi padre al norte de España. A Galicia. En un viaje que teníamos planeado hace tiempo.
Cabe mencionar que en los últimos años mi cuerpo, y tal vez, parcialmente el corazón, se acostumbraron mucho al sur. Mi adolescencia tardía en Barcelona y, más tarde, la maduración en México, no pudieron no dejar huella. El sur se hizo una costumbre. Se hizo casa. ¡Pero ibamos hacia el norte!
Después de haber llegado al aeropuerto de Santiago de Compostela, nos dirigimos al centro de la ciudad. La catedral nos impactó con su magnitud y elegancia, pero lo que más se me quedó grabado fue el desayuno previo en un café callejero donde se sentía un viento descomunal. Tuve la suerte de haber traído un sweater que me protegía muy bien de él. El bocadillo fue enorme; el café estuvo bien. El viento se sentía muy local y estaba totalmente adecuado a todo lo que pasaba alrededor. Lo que más recuerdo de allá es el parque que está cerca de la Catedral donde hay un mirador. Estaba totalmente vacío y violentamente verde. Esas fueron las primeras reacciones de mis ojos y mi cerebro al paisaje: “¡Qué verde está todo, coño!”. Tras haber contemplado la flora y haber mandado unas fotos a los familiares, seguimos nuestro caminar hacia un parque natural donde estuvo bonito y lindo, pero no recuerdo vivir unas emociones fuertes o muy particulares.
Lo que más viene a mi memoria es el viejo monasterio. Escondido entre los bosques montañosos estaba ahí el monasterio del siglo XII. Recuerdo cómo nos sorprendía la muy bonita y bien trabajada restauración que hicieron dentro del edificio. Otra vez pensamos que en España saben muy bien tomar estas cosas con buen gusto y gran responsabilidad. Había un montón de ventanas, de las cuales por detrás se veían la montañas totalmente verdes y silenciosas. Las celdas de los monjes me hacían varias preguntas: "¿Cómo sería vivir así? Separado del mundo. De la gente, de las voces. Uno a uno con el bosque. Conmigo y con mi Dios". Al pensarlo, me doy cuenta de que el mundo no puede existir fuera de mi percepción del mismo. Donde estoy yo, está el mundo. ¿Entonces por qué siempre tengo ganas de ir hacia algún lugar? Sé la respuesta, pero no quiero responder. En ese entonces fue la primera vez que me alcanzó la primera ola de pensamientos. Sucedió el primer contacto con el mundo del norte de España con su humor y su ritmo que, con mucha destreza, supieron sustituirse por los míos, ¡ya que resultaron ser tan semejantes!
Nuestro siguiente destino fue la ciudad más norteña de Galicia: La Coruña. Lo primero que hicimos fue ir a ver el espacio alrededor de la Torre Hércules. La torre es muy bonita, nada que decir, pero todo lo que tiene a su alrededor está pasado de hermoso. ¡Hace mucho no experimentaba una sensación tan profunda de conexión, de unidad, de deleite y de sentir que este mundo todavía tiene tanto por ver y tanto por conocer! Una sensación absolutamente pura e infantil, en el mejor sentido de la palabra. Cuando eres niño, sales a jugar al patio de los vecinos y te das cuenta de que más allá se encuentran más patios. Más allá está el centro de la ciudad, ¡y más allá hay más ciudades!
Ahí fue donde empezamos a vagar con un humor más profundo. Sorprendiéndonos con el azúl y el blanco del agua oceánica que se rompía contra las rocas, poníamos el rostro al viento que, como sentía de repente, me iba a sacar todo el pelo de la cabeza. Recuerdo ver a unos escolares franceses que se tomaban fotos y gritaban algo alegre unos a otros. Pensaba: "Qué raro, ¿que hacen aquí?" Pero olvidé preguntarme lo mismo. Le pedí a mi padre que me tomara una foto sentado en una banca, que estaba atrás de una pequeña valla de madera. La banca estaba inclinada hacia abajo, donde no había más que rocas, el mar y un vuelo directamente a otro mundo: "Parece estar bien instalada, pero ¿qué tal si no?" Hubiera sido raro tener que cortar mi narración aquí y volarme en el momento, cuando se me tomaba una foto para conmemorarlo.
Posteriormente seguimos caminando por los caminitos paralelos al agua, viendo la gente
que estaba paseando sola enfrente del océano. Algunos con perros, otros sin ellos. En ese momento pensé: "Qué hermoso tiene que ser vivir cerca de un lugar así". Luego entendí: "Igual de horroroso es no percibir un lugar así como algo altamente importante". Al pensarlo me sentí cansado del entendimiento de la constante ambigüedad de la vida que cada vez se vende como un absoluto definitivo, pero nunca llega a serlo.
Al final, después de haber caminado un rato por otro caminito magnífico entre la torre y el océano, llegamos a un pequeño descampado cerca del cual crecía algo similar a la hierba de plumas, pero era más esponjoso y tierno en sus acabados. Y como no soy tan bueno en botánica, prefiero describir el efecto que creaba: movida por el viento, la hierba se veía como un mar; se burlaba estando muy cerca de este. ¿Qué es, sino una sincronización perfecta de la naturaleza?
Empezó a llover y nos escondimos en una pequeña glorieta. De hecho, justo antes me costaba entender la razón de su estar aquí. Encima había como tres o cuatro de estas en el páramo. En ese momento fue cuando nos percatamos: "Estamos en Galicia, tierra de la lluvia y las madres solas", como una vez me la describió una taxista gallega en Barcelona. "Lo de la lluvia está más que claro, pero, ¿por qué lo de las madres solas?". Resulta que solo Galicia tiene la salida directa al Atlántico para llegar a las Américas e históricamente mucha gente de esta región emigraba buscando una mejor vida y esos eran, principalmente, puros hombres. Justo por eso en Argentina, por ejemplo, a los españoles frecuentemente se les dice “gallegos”.
Conforme seguía lloviendo, seguíamos ahí. Viendo el agua caer. El faro. El océano. De repente, vimos una leyenda en una de las bases de la glorieta que decía en ruso: “Chaval de Mytishi, ¡ya estuvo en 10 países!”. Cabe mencionar que Mytishi es un barrio de Moscú que tuvo fama de ser un lugar muy criminal y pobre. En el instante cuando lo terminé de leer, sentí una alegría muy sincera por él. En general, ahora mismo cuando acabo de escribir la palabra “sincera”, entiendo que Galicia me es justo eso: una tierra muy sincera. De alguna manera siento que lo notaba estando allí también, pero hasta ahora lo pude asimilar bien.
En ese mismo momento me imaginé a ese chaval y a su verdadera alegría causada por los viajes realizados. No pude aguantar el no empezar a imaginar qué países llegó a visitar este chico. ¿Cuáles serían los otros nueve? ¿Serían los mismos que yo tengo en mi lista? Su alegría de vida perpetuada en un pedazo de madera hasta la fecha sigue siendo una de las sensaciones más fuertes y vívidas de este viaje. ¡Quién lo pudiera pensar!
Después de haber aguantado otro rato allí y una vez que terminó la lluvia, salimos de regreso hacia la ciudad ya que teníamos algo de hambre. Caminando sentí que volvió a salir el sol y que me estaba acariciando la coronilla. Unos metros más sentí un pequeño empujón dentro de mí, el cual resultó ser un pensamiento muy puro, ingenuo y hasta infantil: “si acaba de llover y ha vuelto a salir el sol, ¡entonces tiene que haber un arcoíris!”. Solo necesitábamos darnos la vuelta para sorprendernos y ver un arcoíris enorme con una forma perfecta. Era el arcoíris más preciso y nítido que he visto en mi vida. En ese momento intenté recordar cuándo fue la última vez que vi un arcoíris. Nada me vino a la mente. Pero eso no importaba, ya que estábamos ahí parados viendo el espectáculo de colores totalmente embelesados.
Mientras tanto, unas caras muy serias caminaban al lado nuestro viendo nuestra euforia con extrañamiento y casi burla. Al haberlo notado, no logramos entender enseguida qué fue lo que pasaba, pero más tarde nuestras suposiciones fueron confirmadas. Dejando el arcoíris atrás, aparecimos en una pulpería -un lugar donde se come pulpo, como se pudieron imaginar-. Siendo honesto, todo estuvo muy rico y hasta me entró algo de arrepentimiento, ya que los pulpos son unos seres muy inteligentes y sensibles. Todo el local estaba lleno de fotos de futbolistas que lo llegaron a visitar, junto con un montón de distintos cuadros y fotos más. Es decir, la decoración se me hizo un tanto caótica. Los camareros trabajaban con mucha velocidad y brusquedad. Comparando con Madrid o Barcelona, pensé que no les sobraba amabilidad. Pero esto como tal no me causó ninguna molestia, al contrario, le agregaba autenticidad al ambiente. En esta brusquedad se leía cierta honestidad: los camareros solo decían lo que según ellos era necesario. Tras haber comido, nos fuimos hacia nuestro airbnb donde ya no sucedió nada digno de ser contado y leído.
Nos levantamos muy temprano el día siguiente. Para encontrar un café abierto a la ocho de la mañana tuvimos que recorrer media ciudad. Tomando el café logramos hablar un poquito con un hombre que estaba sentado en la mesa de al lado. El señor resultó ser una persona típica del norte: reservado en palabras, levemente gruñón y algo brusco en sus gestos. Me resultó muy interesante el carácter de la gente local. Se veía que las personas no estaban enfadadas ni eran malas, pero respecto a lo de la amabilidad social eran muy diferentes. Al principio parece raro, pero luego te acostumbras. Mejor esto que una amabilidad falsa y forzada.
Por cierto, pronto iba a encontrar algo similar en Moscú. Nos metimos al coche de nuevo y nos dirigimos hacia el Faro Isla Pancha. Un faro impresionante en su belleza. En el trayecto pasamos por la Playa de las Catedrales; otro lugar maravilloso. Curiosamente, después de estar caminando por la orilla del océano y contemplando las maravillas de la naturaleza, el recuerdo más fuerte que tengo de este lugar es el café que está arriba de la playa donde pedimos unos bocadillos de calamares y unos cafés. Nos quedamos un rato viendo el azul del agua y sintiendo el viento interminable, el cual empezaba a volverse costumbre y necesidad.
Luego visitamos el faro mencionado y de ahí tomamos el camino hacía un pueblito cerca de Lugo donde en aquel entonces estaba viviendo mi querida amiga Virginia, a la cual no había visto desde el 2017. Los tres fuimos a comer en un restaurantito local en el casco viejo del pueblo. Las raciones estaban enormes y recuerdo muy bien a la camarera que nos atendía; era de Sevilla. ¡Todas las risas que nos provocó hablar con ella! ¡Cómo le gustaba hablar! El sur es el sur. Abrazamos muy fuerte a Virginia y seguimos el rumbo. Antes de haber partido, le enseñamos la fotografía del arcoíris que tomamos y le contamos la fuerte impresión que nos causó. Nos contestó con una buena risa explicándonos que aquí los arcoíris se ven cada segundo día. A nosotros también nos dio mucha risa y claridad su comentario. Pero, por cierto, no hemos vuelto a ver un arcoíris.
Más tarde, nos esperaba un punto casi más hacia el oeste de España: Faro de Fisterra. Creo que es el momento perfecto para mencionar el camino hacia este y hablar un poco sobre como se maneja en Galicia en general. Lo que pasa es que es un placer total, absoluto y una belleza inagotable. Casi todas las carreteras están vacías todo el día, menos las horas pico. Las vistas te vuelven loco después de cada curva que tomes. Se ven unas colinas verdosas con un ligero atuendo de niebla en la mañana. Numerosos puentes, vacas, campos irradiando frescura… Podría andar por estos caminos horas y horas. Aparte las distancias son bastante cortas y no llegan a cansarte. Todo resulta estar muy cerca.
El Faro de Fisterra resultó ser un lugar bastante concurrido con una gran cantidad de visitantes. Bordeando el faro y bajando por unas rocas hacia abajo, se abre una vista totalmente hermosa. Vimos un océano gris como si estuviera dormido; cansado de todo lo que ha visto. Y un viento que, como dijo mi papá, parecía que nos iba a sacar todo lo que sobraba de nuestras cabezas; aparentemente todo lo que teníamos resultó ser sobrante. Nos sentamos en un acantilado ruidoso viendo la silenciosa lejanía. Detrás la cual no había nada, absolutamente nada. No podía haber. El lugar hasta la fecha me despierta cierta sensación melancólica y un entender del inminente fin de algo. Una consciencia de la insignificancia absoluta de la vida humana en una escala ni siquiera del mundo, sino del propio océano. Lo adoro porque siempre me recuerda que no hay nada tan importante como para que uno sufra por ello.
Estuvimos ahí sentados hasta perder los oídos. Posteriormente nos fuimos caminando hacia el coche manteniendo un muy bonito y profundo silencio. Las palabras sobraban. Nuestro siguiente destino era un pueblo de pescadores cerca de Vigo. Al haber llegado, tomamos las llaves de la casa y fuimos a buscar un lugar para cenar; antes queriendo conocer un poco el pueblo. Este resultó ser un poco desgastado, apagado y lento comparado con La Coruña, por ejemplo. Lo cual me parecía hermoso porque conozco bien ese estado. Sin embargo, la gente aquí se veía más contenta y alegre. Siempre me sorprende mucho como la geografía puede influir tanto en el carácter de las personas. Aún cuando son escasos doscientos o trescientos kilómetros.
Al haber contemplado con mucha detención los botes de pesca, fuimos a cenar. Estaba cayendo una lluvia muy suave y dispersa. Sin duda, aportaba mucha profundidad al cuadro. Mejor dicho: naturalidad. En lo absoluto tengo ganas de imaginarme ese pueblo sin lluvia. La cena fue espectacular. Al terminar fuimos a casa, que resultó ser un castillo antiguo reformado. A la mañana siguiente, el dueño de la casa -un señor de Madrid-, nos invitó un café acompañado de galletas. Fue muy acogedor estar ahí con él hablando de la vida y de las peculiaridades de Galicia. Ese momento me hizo reafirmar que los monumentos principales en esta vida son las personas, no los lugares ni los objetos.
Enseguida vimos un faro más ubicado en una especie de península. La naturaleza que nos rodeaba era asombrosa. A cada centímetro cuadrado se encontraba algo verde que crecía. Algo muy verde y muy bonito. Hasta la fecha sueño con volver a viajar allí y quedarme en una tienda de campaña por una semana porque una naturaleza así no se frecuenta mucho. El frío océano, un viento fresco, el sol y montones de plantas inmensamente verdes. Suena como algo mágico. Y así lo es.
Entonces vimos Vigo con su centro totalmente solemne, bien arreglado y una playa sumamente memorable. Luego de comer con una amiga que vive en Vigo, decidimos quedarnos en la playa un ratito. El viento seguía presente y no pensaba irse. Vimos a unas gaviotas que casi quitaban los juguetes a un niño de sus manos. Decidimos sentarnos una larga hora viendo el agua, cada uno pensando en sus cosas. Desconozco la razón, pero en Galicia se piensa mejor de lo que se habla. Este tipo de lugares tuvo que haber visto nacer a muchos escritores.
Finalmente, fue el aeropuerto y el camino a casa. Pronto me esperaría un largo viaje a mi tierra natal, del cual regresaría bastante cambiado. Sin embargo, los primeros movimientos internos empezaron a suceder allá en la tierra del viento, de las lluvias y las madres solas.
















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