La tierra de la gran promesa, de Juan Villoro
Escrito por: Diego Alberto Carrillo
¿De qué manera abordar un país que en cada metro cuadrado de su territorio se viven diferentes realidades, que extrañamente no resultan tan ajenas entre sí para su población en general? Quizá la pregunta es equívoca puesto que hay diversos países más grandes en tanto extensión que México y a sus respectivos autores no les cuesta demasiado trabajo hablar sobre su país. Y justo esto último es lo que podría suceder con Juan Villoro y su más reciente novela: La tierra de la gran promesa.
Diego González, un director de documentales mexicano que ha logrado hacerse de una modesta carrera en la industria cinematográfica bajo este género, es el protagonista de esta historia. A lo largo de ella podremos encontrar los siguientes argumentos: el incendio de la Cineteca Nacional en 1982 (año en el que "curiosamente" se estaba proyectando una película que lleva el mismo nombre de la novela), un productor de origen catalán el cual ha intervenido en la vida de Diego de una modo más que íntimo, un periodista que por un pasado compartido decidió llevar una investigación en contra de él a modo de "venganza", pesadillas y fantasías sexuales oníricas dichas de manera entrecortada y grabadas por su esposa mientras por las noches, viejas amistades pertenecientes al mundo jurídico que le asesorarán en tiempos de conflicto, una amenaza clandestina...
Si lo pensamos bien, tiene considerables tópicos que si se mezclan y desarrollan bien, podría formar parte del actual catálogo narrativo contemporáneo, como ya es el caso. Lo interesante aquí al descubrir esta historia es el hecho de que es el primer acercamiento que tengo con uno de los autores mexicanos actuales con mayor renombre y con una indiscutible carrera para alguien como lo es Juan Villoro. Repasando su historial, ha sido un hombre sumamente activo que se ha desenvuelto en diversos ámbitos narrativos como lo son la crónica, el cuento infantil, el teatro, ensayos y también como académico. Hijo del filósofo catalán-mexicano Luis Villoro, se puede entender más que la influencia paterna, el entorno ideal para que Juan pudiese desenvolverse adecuadamente en este gremio.
En su momento justo el hecho de saber que era hijo de un intelectual de calibre e importancia para la filosofía en México, me producía el escosor de que Juan se hacía valer justo por lo logrado por su padre. Y como en este país no es de extrañar que se hereden las carreras artísticas o cualesquiera que se desempeñen en las altas esferas, no sería nada nuevo de enterarse. Reflexionando sobre esto, no es gratuito que lo diga. En una parte del libro, pareciera que hay una semejanza de este prejuicio que expongo entre el protagonista y Villoro: a Diego en un momento de la historia se le critica por pretenecer a un gremio privilegiado gracias a que su padre fue un notario importante y que justo por eso él logró ser el documentalista que es. ¿Coincidencia?
Para concluir, lo que sí tengo que reconocer es el dominio lingüistico y cultural que Villoro hace uso en esta novela. Menciono esto porque en cada página se pueden percibir 'fotografías' de lo que en 40 años, e incluso desde hace más tiempo, no ha dejado de ser México (o en este caso, la Ciudad de México):
México había dejado el virreinato sin dejar sus costumbres. En España parecía suceder lo contrario. Diego nunca había sentido que visitaba una monarquía. Si acaso, el rey cobraba relevancia cuando lo abucheaban en la final de la Copa de futbol. México carecía de aristocracia, pero funcionaba como una sociedad palaciega donde cada mozo busca la protección de un marqués protegido por un príncipe que presume una insondable cercanía al rey. El sistema se reproducía en el más pequeño negocio. En cada lonchería había plebeyos subyugados, un par de condes arribistas, algún príncipe controlador y un monarca ausente. Todos se comunicaban con las verdades a medias y los valores entendidos de una corte.
La tierra de la gran promesa es una novela que nos evoca a hace 500 años donde para España pretendía ser esa tierra que provería los suficientes recursos para estar a la par de Inglaterra o Francia. Es una novela que tambien evoca a esos años donde las presidencias prometían abundancia en un país en ruinas y que a modo de metáfora, entona un eco de lo que México sigue y quizá seguirá siendo para cualquier estrato social del país.
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