84 Charing Cross Road, de Helene Hanff



Escrito por: Diego Alberto Carrillo



Hay libros que apelan y apuestan a que los detalles sean complementados por la imaginación del lector en vez de estar escritos párrafo tras párrafo. La expresión o el rostro que el librero de Marks & Co. al recibir la primer carta de una clienta particular que vive al otro lado del Océano Atlántico de donde está ubicada la librería, es tan sólo un ejemplo de los escenarios, expresiones y momentos que una correspondencia entre dos personas regalaría a quien se de la oportunidad de leerles.

Helene Hanff es una mujer estadounidense proveniente de Filadelfia que jamás ingresó a la universidad y que su particular gusto por las letras no le impidió el hacerse de una humilde carrera que le hacía estar en contacto con lo que más amaba. Escribió obras de teatro, de las cuales no todas tuvieron oportunidad de ser representadas en un escenario, pero su persistencia le otorgó la oportunidad de ser reconocida y contratada para escribir guiones televisivos, y también en el The New Yorker.






Su indiscutible talento por la escritura, pero sobre todo su característica formación autodidacta, le hizo buscar y contactar a quienes a lo largo de un poco más de veinte años, estrecharía una relación no sólo de comprador-vendedor, sino de una amistad en la que los libros antiguos que estuvieron viajando año tras año, fueron hasta cierto punto el mero pretexto para mantener vivo ese lazo que pocas veces se puede atestiguar y vivir.

Marks & Co. fue una librería que se fundó en 1920 por Benjamin Marks y Mark Cohen. Independientemente de ofrecer títulos longevos, bien conservados, y novedades de su época, ésta fue una librería que obedece a todas las características que hacen que un lugar de esos tenga su indistinguible escencia por sobre del resto de lugares acogedores para el ser humano. Desde los amables y conocedores de su oficio (los libreros), hasta el amplio y conciso catálogo que tapizaba cada rincón, fue el sitio ubicado en el 84, Charing Cross Road de Londres -título homónimo del libro, como podrán percatarse- el que le brindó un centenar de dichas a aquella mujer neoyorquina que con sus guiones y artículos apenas se costeaba su diario vivir.




Conforme uno les va leyendo, se tiene la oportunidad de disfrutar el auténtico y genuino amor por los libros, pero a su vez, uno puede percatarse de las breves clases magistrales de literatura que van impregnadas en sus líneas -así como un contexto histórico-político nada favorable-. Tanto Helene como Frank (el librero que se encargó personalmente de atenderle a lo largo de los años), poseen un dominio único de los ejemplares que se mencionan en las cartas. No se exceden en comentarios de índole académico, como suele suceder en otras correspondencias, pero con las anotaciones que se leen en cada carta, uno no puede evitar que la marea de la ignorancia en el campo le abrume. Aunque una vez que dicha marea pasa, instantáneamente brota ese amor bibliofilo suyo que sirve de bálsamo y que a su vez, permite el dejarse encantar y satisfacer por esa sensación.

Leer más de veinte años de correspondencia, hubiese sido una tarea casi imposible y probablemente tediosa de emprender, porque como se puede notar en el libro, hay cartas que son meramente las peticiones precisas y sus respectivas respuestas adjuntando la factura del pedido sin más. Cuando Helene comparte con un editor parte de esta correspondencia, días después recibe el anuncio de que un libro ya ha sido publicado basado en un compendio de algunas de sus cartas con Frank y el resto de amistades que intervienen en dicha correspondencia.

Esto no lo podía creer y le fue algo irónico que algo que escribió sin intenciones de ser publicado, en vez de todo lo que sí escribió profesionalmente, tuviera el efecto instantáneo de ser impreso por una editorial y que más tarde, le otorgara una fama que si bien tampoco la buscaba, la tuvo bien merecida. El impacto de esta historia fue tal que tuvo la oportunidad de ser adaptada adaptada para la televisión, el teatro y el cine. En este último, el casting estuvo a cargo de Anne Bancroft en el papel de Helene y como el librero Frank Doel, por un aún jóven Anthony Hopkins, cuatro años antes de interpretar el papel que lo inmortalizó como leyenda en El silencio de los inocentes (1991).


          

                                             





























 

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