La conjura de los necios, de John Kennedy Toole




Escrito por: Diego Alberto Carrillo



"Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdesmllenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar (...) En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas (...) estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en vestir."

 


En algún rincón de sudamérica, un par de profesores doctos en literatura, se reunieron a hablar de lo que tanto les apasiona frente a una cámara y un micrófono. Con copas de whisky sobre el escritorio y pipa en mano -porque cómo les gusta fumar-, dan rienda suelta a la charla en torno a un libro que conforme van platicando escena tras escena y personaje tras personaje, no paraban de soltar carcajadas. "Tengo que leer eso", me dije. Días después, tuve en mis manos el libro y así fue como empecé a leer La conjura de los necios, del escritor estadounidense John Kennedy Toole.

Pocas son las novelas que poseen una historia particular previa a su publicación, y el de este libro no es la excepción. En el prólogo se puede encontrar con propias palabras del editor cómo fue que llegó la obra a sus manos y cómo fue que decidió publicarla. Por allá de 1976, comenzó a recibir una serie de llamadas telefónicas a su oficina de parte de una señora que le solicitaba leyera y publicara la novela de su hijo fallecido (por suicidio a sus 31 años el 26 de marzo de 1969) argumentando que era un gran libro. Obviamente el editor de la manera más hábil y respetuosa posible le daba largas o rechazaba a la señora, hasta que un día ella se presentó en persona al despacho con el manuscrito consigo para casi obligarlo a leer el texto:


"Resistiré la tentación de explicar al lector qué fue lo primero que me dejó boquiabierto, qué me hizo sonreír, reír a carcajadas, mover la cabeza asombrado. Es mejor que el lector lo descubra por sí mismo."

 

¿Qué se puede encontrar en esta historia? Un reto. Ciertamente en todas las páginas están plagadas una serie de situaciones de lo más absurdas y una serie de personajes igual de absurdos, pero no es nada de lo que se podría estar acostumbrado a leer. Las carcajadas y risas pueden brotar; son el tesoro del texto. Pero no son fáciles de sustraer. Esta historia está tan pulcramente e ingeniosamente escrita que en realidad no sabes si tomarla en serio o conectar con la comedia impregnada en cada palabra.

¿Cómo explicar la convivencia de un individuo de treinta años que vive en casa de su madre, que consigue trabajo de archivador en una fábrica de pantalones la cual él pretende revolucionar con sus ideales, fábrica que no le interesa para nada al dueño y que está empecinado y desesperado porque desaparezca la herencia de su padre, fábrica que tiene por empleados en la oficina a una señora senil que desde hace 10 años debieron jubilarle pero no lo hicieron gracias a la esposa del dueño que argumentaba que le arrebatarían el sentido útil de su vida? ¿O cómo explicar que en un club nudista contratan a un afroamericano que se sabe absolutamente discriminado por su color de piel y que no le sorprende haber sido contratado como conserje en ese lugar por su lo mismo, club que tiene entre sus empleadas a una camarera que aspira algún día convertirse en una bailarina de renombre en el club gracias a un número que ha practicado con su loro, loro que al ver entrar a aquel hombre que vive con su madre se le va encima y se arma toda una trifulca que termina revolviendo y conjurando a todos los personajes de la novela?

No debió ser nada fácil no sólo imaginarse las situaciones y los personajes, sino armar el rompecabezas a tal grado de que ninguna pieza se escapase y así lograr un fiel retrato del Nueva Orleans de aquel entonces. Pero el logro no se queda ahí. Este libro obtuvo el Premio Pullitzer en 1981, dando a entender que el retrato iba más allá de Nueva Orleans y que en cualquier sociedad existe una conjura de necios viviendo contextos de lo más absurdos, pero absolutamente risibles a su vez.



John Kennedy Toole


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