'El desierto de los tártaros' (o el tiempo lo destruye todo).





Todas las tragedias imaginables
se reducen a la misma única tragedia:
el paso del tiempo.


Simone Weil




Admito que en más de una ocasión postergué la tarea de escribir esta entrada. Después de leer este libro, cada procrastinación se me hacía más dolorosa. Ya no veía al tiempo como algo insondeable o infinito. Más bien, lo veía como algo fugaz. Casi efímero. 

Me llega a la mente Irreversible (2002) de Gaspar Noe; el tiempo lo destruye todo. Ese es el mensaje de Buzzati. Incluso en algo de apariencia inamovible como un desierto en medio de la nada, incluso en la vida contemplativa y "estática", el tiempo no da tregua alguna. 

Pasaban las semanas y este artículo seguía sin forma, me consolaba el autoengaño de que algún día llegaría a terminarlo. Como el protagonista de la obra de Buzatti, esperaba una fecha sin saber si llegaría. 

Publicado en tiempos de la Italia fascista, El desierto de los tártaros (1940) es una alegoría desde su título. El desierto, un lugar estéril, remoto, donde solo se avista la fortaleza es donde se desarrolla la trama. Los tártaros es la otredad, el enemigo por quien se justifica tanta espera. Pero no se sabe siquiera si este enemigo existe. Solo hay rumores de que en otros tiempos había un grupo de extraños a los que llamaban los tártaros. Ahora son citados como mito, como resquicio de lo que fue. Como esperanza de que algún día sea. 

Nuestro protagonista, Giovanni Drogo, es enviado a la fortaleza en lo que pareciese ser un destierro de la vida civil. Curioso que aunque ninguno de los personajes quiera salir de los amurallados, en un inicio veían a la gigante estructura como una prisión. Un castigo de estar lejos de todo. Conforme el libro avanza, Drogo se niega a volver. ¿Volver a dónde? Ha perdido la capacidad de interactuar con los otros. La vida mundana se le hace insoportable. Una ironía terrible, su prisión es el único lugar donde se siente libre ahora. 

Pasa el tiempo. Ahora Drogo ya no es el joven soldado que impacientemente soñaba con salir lo más pronto posible de la fortaleza. Es él quien insta a los nuevos reclutas a sobrellevar la vida en el exilio. Ver los días pasar dejó de ser una preocupación. Se convirtió en una vocación para él. Se volvió pródigo con el tiempo, olvidándose que Cronos nunca es recíproco. Que no perdona un solo segundo que perdemos.

El final pareciese al poema Esperando a los bárbaros de Kavafis:


¿Qué esperamos reunidos en el ágora?
Los bárbaros llegarán hoy.
¿Por qué la intranquilidad en el senado?
Porque los bárbaros llegarán hoy.
¿Por qué los senadores no legislan?
¿Qué nuevas leyes van a dictar?
Cuando los bárbaros lleguen
harán sus propias leyes.
¿Por qué se levantó tan temprano el emperador?
¿Por qué está sentado en la puerta mayor de la ciudad,
en su alto trono, suntuoso y coronado?
Porque los bárbaros llegarán hoy,
y el emperador espera recibir a su jefe.
Ha preparado un pergamino
donde le confiere títulos y honores.
¿Por qué nuestros cónsules y pretores
lucen hoy sus rojas y rebordadas togas,
sus brazaletes de amatista,
y anillos con relucientes esmeraldas?
¿Por qué empuñan bastones riquísimos,
con oro y plata cincelados?
Porque los bárbaros llegarán hoy,
y esas cosas deslumbran a los bárbaros.
¿Por qué no acuden hoy los oradores como siempre
a decir sus discursos?
Porque los bárbaros llegarán hoy,
y les aburre la elocuencia y la palabrería.
¿Por qué la repentina inquietud y confusión?
(Los rostros se han vuelto graves)
¿Por qué tan rápido los ciudadanos
vacían las plazas y las calles,
y regresan a sus casas pensativos?
Porque cayó la noche y los bárbaros no
llegaron
y gente que viene de la frontera
asegura que ya no existen los bárbaros.
Y ahora,
¿qué sucederá sin los bárbaros?
Estos hombres al menos ofrecían una solución.


El protagonista pasó su vida esperando algo que justificase toda su vida, que justificase la espera misma. Incluso más fatal que en dicho poema del autor griego, ve llegar a los bárbaros; la respuesta en palabras de Kavafis. Pero cual Tántalo, no puede saborear el fruto que tan cercano se le muestra. La ironía, justo cuando Drogo quiere dejar atrás la vida de continúa espera y contemplación, se ve desplazado a ser un espectador de un momento que ha anhelado toda su vida. Nada, ni sus propios deseos, le pertenecen. O en palabras de Góngora: todo se tornó "en humo, en polvo, en sombra, en nada".


Diario de un hombre superfluo - Página 1




Dino Buzzati




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