El pescador de Cabo Halcón, un cuento de la dupla Lovecraft-Derleth
Durante
su vida, Howard Phillips Lovecraft consignó algunos apuntes en una pequeña
libreta de notas, en ella consagró ideas y bocetos para posibles narraciones
futuras, pero la mayoría quedaron solamente en el tintero. Ese cuaderno fue
publicado junto al compendio ensayístico de Lovecraft El horror sobrenatural en la literatura por editorial Valdemar
durante el 2010.
Por
su parte, August Derleth fue un escritor, editor y renombrado antólogo que
perteneció al círculo de Lovecraft. En su juventud mantuvo una fuerte relación
epistolar con el maestro de Providence y después del fallecimiento de éste en
1937, creó junto con Donald Wandrei la editorial Arkham House, una de las principales artífices de la conservación y
difusión de la obra de Lovecraft.
En
su calidad de albacea literario, Derleth, recuperó el cuaderno de notas para escribir
algunos relatos inéditos partiendo de las propuestas inacabadas de su maestro.
La mayoría de esas historias fueron
producidas casi en su totalidad por el puño y letra de Derleth; y sin embargo,
fuera como homenaje o por motivos comerciales, la firma de ambos escritores
aparecía en la autoría de dichos relatos; El
pescador de Cabo Halcón es uno de los textos que se desarrollaron bajo la
doble autoría, cabe señalar que en esta y otras de las tramas elaboradas por el
pionero de Arkham House no dejan de mostrarse numerosas referencias a
los escenarios y protagonistas de los relatos inmortalizados por Lovecraft.
En
El pescador de Cabo Halcón resultan
más que evidentes los guiños de complicidad y remembranza a los clásicos
lovecraftnianos de La sombra sobre
Innsmouth y Dagon. En la primera de
estas historias, los hechos principales giraban en torno al relato de un joven
viajero que, en vísperas de alcanzar la mayoría de edad, se aventura por las
más recónditas y enigmáticas regiones de la ignota Nueva Inglaterra de principios
del siglo XX. Entre aquellos lugares, figuraba Innsmouth, un poblado costero
que había ganado fama por todas las habladurías suscitadas a causa de una serie
de investigaciones secretas, arrestos masivos, incendios y bombardeos
controlados sobre arrecifes cercanos, orquestados por el gobierno en el verano
de 1928. Eso sin mencionar las numerosas
reservas que generaba en los visitantes, el inusual comportamiento de los
lugareños al igual que algunas de sus características: una fisonomía casi batracia
y una huraña conducta que parecía romper su intrínseco hermetismo solamente en
aquellas celebraciones nocturnas alrededor de “El arrecife del diablo”. Sitio
del cual, algunas historias llevaban rumores sobre aberrantes trueques de
jóvenes doncellas a cambio de cuantiosos bancos de peces y grandes botines de
metales preciosos y joyas para los pescadores que trababan trato con supuestos
seres emergidos de las profundidades. (La ficción relativa a la procreación
entre humanos y creaturas semihumanoides de los abismos marinos, también está
esbozada En la isla de los hombres
azules, texto de Robert Sneddon previamente reseñado. https://letraspostcreditos.blogspot.com/2020/09/en-la-isla-de-los-hombres-azules.html).
En
esta misma línea está Dagón. Relato en el que leemos las
memorias premortem de un marinero al
borde de la locura, una locura motivada en parte, quizá por el abuso de la
morfina, o bien, por el recuerdo de sus inéditas experiencias en el mar. De las
cuales, la que lo puso al borde del colapso mental comenzó cuando fue capturado
por un buque alemán durante la Primera Guerra Mundial, aunque luego de ese
confinamiento encontró la forma de hacerse a la mar con una pequeña
embarcación, comida y agua para unos cuantos días. Una mañana de esa travesía a
ciegas, su embarcación encalló en una superficie fangosa, de aguas negras y
viscosas, hediondas a salitre y cadáveres putrefactos de diferentes animales
marinos. A medida que los tenues rayos del sol caminaban con el día, la
superficie cenagosa fue secándose hasta volverse transitable. De aquellas
ciénegas emergían grandes construcciones monolíticas talladas y bajos relieves
que daban cuenta de un arcaico culto al dios filisteo Dagón. Nuestro marinero,
movido por la curiosidad que le habían despertado esas magnas construcciones, aventuró
su exploración, sin si quiera imaginar que los resultados de sus ingenuos
intereses le orillarían al atestiguamiento de una ominosa manifestación, nociva
para la serenidad anímica de cualquier hombre: contemplar como emergía la
deidad filistea: Dagón, esa misma silueta grotescamente tallada en los
bajorrelieves por sus seguidores, los batracios humanoides descritos en La sombra sobre Innsmouth. La conclusión
del relato es una narración inconexa y turbia que desemboca con el protagonista
en la cama de un hospital de San Francisco, casi desahuciado. En los meses
venideros el navegante decidió reservar su historia para evitar los
señalamientos de demencia o locura, pero intentó simultáneamente, acallar esos
numinosos recuerdos con eventuales dosis de morfina, mismas que fueron siendo
más generosas a medida que pasaba el tiempo; y así se mantuvo hasta la
conclusión de sus días que, al parecer, terminaron no mucho después de haber
escrito las últimas líneas del texto.
Finalmente
en El pescador de Cabo Halcón nos
encontramos con la historia de Enoch Conger, un viejo lobo de mar, taciturno y
solitario, residente de Cabo Halcón, lugar ubicado a unos cuantos kilómetros al
sur de Innsmouth. La soledad de Conger abonaba a las habladurías relativas a su
excentricidad, tales como que era capaz de comunicarse con las gaviotas, los
halcones peregrinos y otras aves migratorias que se acercaban a sobrevolar la
pequeña construcción de piedra y madera que hacía las veces de su vivienda. La
cercanía con Innsmouth favorecía sus relaciones comerciales con algunos sus
pobladores y facilitaba sus incursiones de pesca nocturna en el famoso
“Arrecife del diablo”; hasta que una noche, junto a una cuantiosa carga de
peces, sus redes capturaron algo similar a una mujer: cuya boca era fina y
ancha, de mirada dulce y cálida, con una especie de hendiduras, cual agallas,
detrás de las orejas y debajo de una abundante cabellera, criatura que le
suplicaba en un tono gutural por su libertad.
Aquella
noche, luego de esa experiencia, Enoch Conger llegó lívido a una taberna de
Innsmouth y contó lo que había encontrado en los alrededores del famoso
arrecife. Las chanzas no se hicieron esperar; habladurías y tergiversaciones en
relación a una supuesta sirena avistada por el pescador no tardaron en
popularizarse, no solo en Innsmouth, sino también en otros poblados aledaños. A
partir de ese momento, Conger se volvió huraño además de solitario, se le llegó
a ver con poca frecuencia en las tabernas de las que alguna vez fuera un asiduo
cliente, un hermetismo total le rodeaba. Era un secreto a voces entre sus colegas
que dejó de arrojar sus redes en las cercanías del arrecife y que procuraba no
alejarse mucho de la costa de Cabo Halcón mientras pescaba.
No obstante, tales precauciones terminaron por
ser insuficientes pues un extraño incidente nocturno puso en riesgo la vida del
pescador, que de no ser por dos colegas que lo auxiliaron y llevaron a casa,
seguramente hubiera perecido. Extrañamente, luego de ese momento, nadie más -ni
los marineros que lo rescataron, ni el médico que acudió en su auxilio esa
misma noche-, llegó a saber el paradero del pescador de Cabo Halcón; el paso
del tiempo acalló el relato de su sirena y la memoria de su autor. Al final,
uno se maravilla con la cantidad de elucubraciones que epilogan la rareza del
evento, y sin duda, aquellos rumores surgidos años más tarde, y que afirmaban
un avistamiento de Enoch Conger nadando en los alrededores del “Arrecife del
diablo” o cerca de Cabo Halcón en una especie de tétrica metamorfosis humanoide-batracia,
nos remiten a las referencias lovecraftnianas previamente mencionadas.
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