El pescador de Cabo Halcón, un cuento de la dupla Lovecraft-Derleth


(Mermaid - Edward Frederick Brewtnall)





Escrito por: Rubén Gómez



Durante su vida, Howard Phillips Lovecraft consignó algunos apuntes en una pequeña libreta de notas, en ella consagró ideas y bocetos para posibles narraciones futuras, pero la mayoría quedaron solamente en el tintero. Ese cuaderno fue publicado junto al compendio ensayístico de Lovecraft El horror sobrenatural en la literatura por editorial Valdemar durante el 2010.

Por su parte, August Derleth fue un escritor, editor y renombrado antólogo que perteneció al círculo de Lovecraft. En su juventud mantuvo una fuerte relación epistolar con el maestro de Providence y después del fallecimiento de éste en 1937, creó junto con Donald Wandrei la editorial Arkham House, una de las principales artífices de la conservación y difusión de la obra de Lovecraft.

En su calidad de albacea literario, Derleth, recuperó el cuaderno de notas para escribir algunos relatos inéditos partiendo de las propuestas inacabadas de su maestro. La mayoría  de esas historias fueron producidas casi en su totalidad por el puño y letra de Derleth; y sin embargo, fuera como homenaje o por motivos comerciales, la firma de ambos escritores aparecía en la autoría de dichos relatos; El pescador de Cabo Halcón es uno de los textos que se desarrollaron bajo la doble autoría, cabe señalar que en esta y otras de las tramas elaboradas por el pionero de Arkham House no dejan de mostrarse numerosas referencias a los escenarios y protagonistas de los relatos inmortalizados por Lovecraft.

En El pescador de Cabo Halcón resultan más que evidentes los guiños de complicidad y remembranza a los clásicos lovecraftnianos de La sombra sobre Innsmouth y Dagon. En la primera de estas historias, los hechos principales giraban en torno al relato de un joven viajero que, en vísperas de alcanzar la mayoría de edad, se aventura por las más recónditas y enigmáticas regiones de la ignota Nueva Inglaterra de principios del siglo XX. Entre aquellos lugares, figuraba Innsmouth, un poblado costero que había ganado fama por todas las habladurías suscitadas a causa de una serie de investigaciones secretas, arrestos masivos, incendios y bombardeos controlados sobre arrecifes cercanos, orquestados por el gobierno en el verano de 1928.   Eso sin mencionar las numerosas reservas que generaba en los visitantes, el inusual comportamiento de los lugareños al igual que algunas de sus características: una fisonomía casi batracia y una huraña conducta que parecía romper su intrínseco hermetismo solamente en aquellas celebraciones nocturnas alrededor de “El arrecife del diablo”. Sitio del cual, algunas historias llevaban rumores sobre aberrantes trueques de jóvenes doncellas a cambio de cuantiosos bancos de peces y grandes botines de metales preciosos y joyas para los pescadores que trababan trato con supuestos seres emergidos de las profundidades. (La ficción relativa a la procreación entre humanos y creaturas semihumanoides de los abismos marinos, también está esbozada En la isla de los hombres azules, texto de Robert Sneddon previamente reseñado. https://letraspostcreditos.blogspot.com/2020/09/en-la-isla-de-los-hombres-azules.html).

En esta misma línea está  Dagón. Relato en el que leemos las memorias premortem de un marinero al borde de la locura, una locura motivada en parte, quizá por el abuso de la morfina, o bien, por el recuerdo de sus inéditas experiencias en el mar. De las cuales, la que lo puso al borde del colapso mental comenzó cuando fue capturado por un buque alemán durante la Primera Guerra Mundial, aunque luego de ese confinamiento encontró la forma de hacerse a la mar con una pequeña embarcación, comida y agua para unos cuantos días. Una mañana de esa travesía a ciegas, su embarcación encalló en una superficie fangosa, de aguas negras y viscosas, hediondas a salitre y cadáveres putrefactos de diferentes animales marinos. A medida que los tenues rayos del sol caminaban con el día, la superficie cenagosa fue secándose hasta volverse transitable. De aquellas ciénegas emergían grandes construcciones monolíticas talladas y bajos relieves que daban cuenta de un arcaico culto al dios filisteo Dagón. Nuestro marinero, movido por la curiosidad que le habían despertado esas magnas construcciones, aventuró su exploración, sin si quiera imaginar que los resultados de sus ingenuos intereses le orillarían al atestiguamiento de una ominosa manifestación, nociva para la serenidad anímica de cualquier hombre: contemplar como emergía la deidad filistea: Dagón, esa misma silueta grotescamente tallada en los bajorrelieves por sus seguidores, los batracios humanoides descritos en La sombra sobre Innsmouth. La conclusión del relato es una narración inconexa y turbia que desemboca con el protagonista en la cama de un hospital de San Francisco, casi desahuciado. En los meses venideros el navegante decidió reservar su historia para evitar los señalamientos de demencia o locura, pero intentó simultáneamente, acallar esos numinosos recuerdos con eventuales dosis de morfina, mismas que fueron siendo más generosas a medida que pasaba el tiempo; y así se mantuvo hasta la conclusión de sus días que, al parecer, terminaron no mucho después de haber escrito las últimas líneas del texto.

Finalmente en El pescador de Cabo Halcón nos encontramos con la historia de Enoch Conger, un viejo lobo de mar, taciturno y solitario, residente de Cabo Halcón, lugar ubicado a unos cuantos kilómetros al sur de Innsmouth. La soledad de Conger abonaba a las habladurías relativas a su excentricidad, tales como que era capaz de comunicarse con las gaviotas, los halcones peregrinos y otras aves migratorias que se acercaban a sobrevolar la pequeña construcción de piedra y madera que hacía las veces de su vivienda. La cercanía con Innsmouth favorecía sus relaciones comerciales con algunos sus pobladores y facilitaba sus incursiones de pesca nocturna en el famoso “Arrecife del diablo”; hasta que una noche, junto a una cuantiosa carga de peces, sus redes capturaron algo similar a una mujer: cuya boca era fina y ancha, de mirada dulce y cálida, con una especie de hendiduras, cual agallas, detrás de las orejas y debajo de una abundante cabellera, criatura que le suplicaba en un tono gutural por su libertad.

Aquella noche, luego de esa experiencia, Enoch Conger llegó lívido a una taberna de Innsmouth y contó lo que había encontrado en los alrededores del famoso arrecife. Las chanzas no se hicieron esperar; habladurías y tergiversaciones en relación a una supuesta sirena avistada por el pescador no tardaron en popularizarse, no solo en Innsmouth, sino también en otros poblados aledaños. A partir de ese momento, Conger se volvió huraño además de solitario, se le llegó a ver con poca frecuencia en las tabernas de las que alguna vez fuera un asiduo cliente, un hermetismo total le rodeaba. Era un secreto a voces entre sus colegas que dejó de arrojar sus redes en las cercanías del arrecife y que procuraba no alejarse mucho de la costa de Cabo Halcón mientras pescaba.

No obstante, tales precauciones terminaron por ser insuficientes pues un extraño incidente nocturno puso en riesgo la vida del pescador, que de no ser por dos colegas que lo auxiliaron y llevaron a casa, seguramente hubiera perecido. Extrañamente, luego de ese momento, nadie más -ni los marineros que lo rescataron, ni el médico que acudió en su auxilio esa misma noche-, llegó a saber el paradero del pescador de Cabo Halcón; el paso del tiempo acalló el relato de su sirena y la memoria de su autor. Al final, uno se maravilla con la cantidad de elucubraciones que epilogan la rareza del evento, y sin duda, aquellos rumores surgidos años más tarde, y que afirmaban un avistamiento de Enoch Conger nadando en los alrededores del “Arrecife del diablo” o cerca de Cabo Halcón en una especie de tétrica metamorfosis humanoide-batracia, nos remiten a las referencias lovecraftnianas previamente mencionadas.

Esta solo es una minúscula muestra de las múltiples conexiones, menciones y quizá, discretos homenajes rendidos por uno de los pioneros de Arkham House al maestro de Providence, otros puentes entre Lovecraft y Derleth se encuentran por ejemplo entre El horror de Dunwinch y La hoya de las brujas; o entre Los sueños en la casa de la bruja y La ventana en la buhardilla; esto, únicamente por citar dos casos más, mismos que gustosamente pueden ser un motivo para encontrarnos en el porvenir.

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